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Es nuestra responsabilidad

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Hace algunos años un médico, muy buen amigo, me dio un consejo que desde entonces ha estado presente en mi vida y en la de mis hijos: "la salud es tu responsabilidad; nosotros (los médicos) sólo somos ayudantes". Hablando de algo que no viene ahora al caso mi marido me dijo ayer algo similar: "Ahora que lo sabes no puedes permanecer pasiva; hemos probado del árbol del conocimiento, ya no podemos hacernos los ignorantes". Cuando hablamos de alimentos, cuando hablamos de salud, de educación, de estilos de crianza,… ya no podemos cerrar los ojos y hacer como si lo que sabemos no existiera o como diría Víctor Manuel: "como los monos de Gibraltar cierran los ojos para no mirar". Porque nosotros sabemos. Sabemos porque leemos, porque compartimos, porque vemos resultados. No sabemos porque alguien nos dijo que lo hiciéramos. Sabemos porque aprendemos, porque no comulgamos con ruedas de molino, porque cuestionamos y buscamos, estamos en un proceso de búsqueda permanente.

 

Así sabemos que el colecho es bueno. Lo dice McKenna (2005), que dormir con los niños previene su muerte. Es un investigador serio. Lo dice el Colegio de Pediatría de Estados Unidos, que acaba de revisar el protocolo de sueño (2008). Pero también lo dice una mirada al mundo natural: todos los mamíferos, incluidos los primates, duermen junto a sus crías. Lo dice la historia. Lo dicen también la Biblia y el Corán. Y lo dice nuestro instinto. Las investigaciones demuestran que un niño que duerme con sus padres es más seguro, menos depresivo, tiene menos ansiedad. Sin embargo, hacemos caso a quienes sin argumentos (con los ojos vendados por la ignorancia) nos venden la idea de que es mejor dejar llorar a un bebé sin saber si está llorando de miedo, de hambre, de frío, o porque está enfermo. Pero nosotras sabemos y no podemos, no debemos cerrar los ojos ante el maltrato que sufren los niños.

Igual que sabemos que la lactancia materna es un seguro de vida. Un seguro que protege a nuestros hijos en la primera infancia y también a largo plazo. Que les provee defensas para prevenir infecciones, pero que también les brinda la sabiduría para enseñar a sus defensas cómo actuar previniendo así enfermedades autoinmunes, obesidad, diabetes y mil cosas más. Lo dice la OMS, la FAO; UNICEF, la PAHO y miles de asociaciones pediátricas. Pero además, últimamente sabemos algo más. Sabemos que un sistema económico que por diversas causas hace que los alimentos se adulteren para obtener mayores beneficios, donde estamos consumiendo porquerías que no nos nutren sino que nos enferman a largo plazo, la lactancia materna es un protector más. Porque al dar de mamar a un hijo no se depende de si al abastecedor de agua se le fue la mano de cloro, si las tetinas de los biberones están viejas y llenas de bacterias causantes de enfermedades gastrointestinales o si la fórmula que toma nuestro hijo tiene melamina, toxina botulínica o cualquier otra cochinada. Porque nosotras sabemos que nuestro pecho está sano, es estéril. Nos informamos y sabemos cómo mantener una dieta equilibrada y saludable. Pero también sabemos el amor que transmitimos a nuestro hijo en el contacto piel con piel. Lo sabemos no porque seamos unas locas ignorantes. Lo sabemos porque décadas de estudios científicos lo demuestran. Porque cada vez que un fabricante quiere acercar la fórmula a la leche materna parece que se aleja más. Porque sabemos que de las cerca de 300 sustancias que componen la leche humana solo hay identificadas unas 50. Y todavía nos faltan las interacciones entre unas y otras. No conocemos en detalle el cambio a lo largo del día de la composición de la leche humana ni como se comporta a lo largo de la lactación. Pero sabemos que cambia. Y aunque como científicos no sepamos cómo ni sepamos emularlo en un laboratorio o en una fábrica, como mujeres sabemos producirla. Nuestros genes tienen el programa completo de cómo, cuánto, cuándo y qué hacer en cada caso concreto. Cómo debe ser esa leche. Nuestros genes lo saben. Por eso, una vez más, no podemos cerrar los ojos, no podemos decir que no importa. Hemos probado del árbol del conocimiento y ya no podemos echarnos para atrás.

Porque sabemos que la salud de nuestros hijos, como la nuestra, como nuestra vida y su vida cuando son recién nacidos es nuestra responsabilidad. No de las compañías farmacéuticas que quieren vender más fórmulas o más antibióticos. No de los médicos sin escrúpulos que desean ganar más dinero manteniendo sus libros entre los más vendidos. Ni siquiera de las autoridades de salud que tienen que estar mirando constantemente a ver si Hacienda les da los recursos o si al partido no le parece mal una crítica a una empresa que ha sido muy colaboradora con el gobierno en turno.

Es nuestra como madres, como padres, la responsabilidad de aprender. De separar la paja del grano, o en este caso la basura sin sustento que abunda, de los conceptos fecundos que pueden mejorar la vida de nuestros hijos y de nosotras. Porque tenemos que saber, por nosotros, por nuestros hijos, y los demás serán ayudantes o incluso estorbantes, que lamentablemente de estos abundan cada vez más.